La socióloga canadiense Michèle Lamont define «fronteras morales» como esas líneas simbólicas que separan a quienes consideramos gente decente de quien no. Mientras, Gerardo Castillo Ceballos, de la Facultad de Educación y Psicología de La Universidad de Navarra, habla de cómo la indiferencia se filtra en el ámbito social y político. Así, se propicia la complicidad silenciosa de todo tipo de injusticias.
El paisanaje de cualquiera de nuestras ciudades nos coloca frente al espejo de nuestro confort mientras endurecemos la coraza emocional. Esa coraza se muestra, según Lamont, en ocasiones como cuando vemos a alguien en una situación de vulnerabilidad. Nuestro cerebro se dedica, rápidamente, a buscar explicaciones que nos permitan cierta distancia emocional.
Estas explicaciones, según la socióloga, suelen atribuir la situación de esa persona a ciertos fallos morales, como malas decisiones o falta de disciplina. Es una manera de sentirse diferente y no responsable.
Esta actitud inconsciente forma parte de cómo las sociedades enseñan a ver a las personas. De cómo se clasifica a las personas. De cómo se organiza, culturalmente, el cómo vemos el mundo —desde los medios de comunicación, desde la educación o desde los propios poderes—. Porque esas «fronteras morales» de las que habla Michèle Lamont no son neutrales sino una distribución arbitraria de la dignidad.
Se trata de una actitud que se traduce en indiferencia ante un determinado colectivo. Gerardo Castillo escribía que «la indiferencia es contraria a la responsabilidad social. La persona que se coloca en posición indiferente frente a otra es porque el sentimiento de responsabilidad ante la humanidad del otro no le perturba». Y añade que «para construir una sociedad más humana, es fundamental reconocer y afrontar la indiferencia en todas sus formas».
Máxime, quizás, cuando el informe FOESSA (Fomento de Estudios Sociales y Sociología Aplicada) de 2025 habla de un mercado laboral español que «queda caracterizado por una precariedad estructural que condena a amplios sectores de la población a la trampa de la pobreza». Habla de cómo «las desigualdades tradicionales persisten, pero ahora se ven atravesadas por nuevos factores como la digitalización, la transición ecológica, la evolución del mercado de trabajo [con una precariedad normalizada] y el acceso a la vivienda [a la que califica de trampa estructural]».
Pero, también, habla de una expansión de la vulnerabilidad y, en consecuencia, un riesgo de exclusión social elevado. Por ende, sentirse interpelada por la pobreza es el primer paso para asumir que la dignidad no se reparte, se reconoce.
La frontera de la indiferencia no es una especie de accidente emocional. Es una construcción cultural inoculada y normalizada. Y, al igual que toda construcción, puede desmontarse. Pero requiere voluntad política y ciudadana para no aceptar la desigualdad como un hecho natural; para reconocer la dignidad de la otra persona sin condiciones y sin distancias morales, pero, sobre todo, sin excusas.

