El modelo liberal de las democracias occidentales ha producido una expansión del concepto comercial, y ha llevado al extremo lo que comenzó como transacciones coloniales —aquellos barcos que viajaban desde Europa hacia las colonias de su país—. El capitalismo ha unido económica y, en consecuencia, políticamente a países que, culturalmente, también se parecen cada vez más debido a la globalización.
Después de la Segunda Guerra Mundial, se realizaron numerosos movimientos internacionales. Sobre todo, cuando EE. UU. y parte de Europa unieron sus intereses (necesidades, recursos y miserias); o, más bien, comenzó el imperialismo cultural estadounidense a cambio de medios para la reconstrucción de Europa. Con más o menos demora, esos países europeos absorbieron la cultura yanqui y la fueron haciendo propia. De hecho, a día de hoy, un niño español o francés viste como un niño estadounidense. Pero, la expansión ha sido tal, que un niño chino también puede vestir como un niño francés —como un niño estadounidense—. Además, tienen la opción de utilizar los mismos objetos y de las mismas marcas.
En el ámbito económico —inseparable de la política (y eventualmente también de la cultura)—, la globalización fuera de los países potencialmente capitalistas va de la mano del neocolonialismo y la deslocalización. Con esto, empresas europeas o estadounidenses ganan fortunas en lugares ajenos donde los recursos no parecen llegar a la sociedad, y donde el margen de beneficio es inversamente proporcional a las condiciones y derechos de los trabajadores y trabajadoras.
Por último, no me gustaría dejar fuera de mi reflexión algunas aristas positivas de la globalización, como son la expansión de movimientos sociales, la facilidad de comunicación, la difusión de la cultura… Pero, lamentablemente, el homo consumens que predijo Erich Fromm es pasto de este fenómeno que ha expandido al neoliberalismo. Siguiendo con el sociólogo alemán y su libro Sobre la desobediencia, decía que, al igual que la sociedad feudal funciona correctamente sólo cuando sus miembros tienden a someterse a la autoridad, el capitalismo de este siglo necesita de personas frenéticamente interesadas en gastar y consumir.
La globalización (y el capitalismo), como la tecnología, hay que usarla con responsabilidad. Quizás, eso pase por educarnos como consumidores críticos y por fomentar una cultura de respeto hacia los derechos humanos y el medio ambiente.

